Sacerdocio.
Sacerdotes

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La Tarea del Sacerdote es inmensa. Por eso conlleva una Responsabilidad inmensa también, para bien o para mal: «el Sacerdote ni se salva solo, ni se condena solo».

Es doctrina de siempre, esa que ni cambia ni puede cambiar. En absoluto. Y la Virgen Santa lo ha reiterado en diversas y próximas ocasiones.

Porque el referente del Sacerdote no es otro que el mismo Jesucristo. Por ésto y para ésto recibimos el Sacramento del Orden, que nos configura, directa y sacramentalmente, con Él.

Esta es la Identidad del Sacerdote. Y ni tiene otra ni la puede tener: el que no venga a ser otro Cristo, el mismo Cristo, que no pise un Seminario. Y, si ya está dentro, que se vaya cuanto antes. Por su propio bien, por el de la Iglesia y por el bien de las almas.

Y si ya es Sacerdote, y tiene tentaciones o «dudas» sobre su «identidad» o su «vocación», que no se preocupe en exceso: que acuda a Santa María, que rece ante el Sagrario todos lus días, que se Confiese con mucha frecuencia, y que diga la Santa Misa poniendo el alma en cada palabra y en cada gesto.

Todo y siempre para el Honor y la Gloria de Dios: Deo omnis Gloria!

Este sabernos otro Cristo, el mismo Cristo, forma fecunda y esencial de la Fe del Sacerdote. Inequívocamente.

No sólo en el plano de ser nuestro Refugio más seguro y «escondido»; sino también nuestro más Divino y Fecundo Recurso en nuestro Itinerario Sacerdotal.

Cuando un Sacerdote tiene al Señor como la piedra angular de toda su vida, y no sólo de su Ministerio, será un Sacerdote Santo, como tantos y tantos que jalonan la Historia de la Iglesia.

En España, además, con una cercanía hasta temporal: ya desde antes de la Guerra Civil; con un pueblo que se alzó en armas legítimamente, contra un Poder Criminal que se cebó en la Iglesia Católica y en sus hijos e hijas más fieles y más fuertes en la Fe: hasta el Martirio.

De ahí, para nosotros Sacerdotes, la tan urgente como necesaria decisión -fruto de nuestro más vehemente deseo-, de «encarnar» y encarnarnos en Él, dejándonos moldear por el Espíritu Santo y por nuestra Madre Santa María.

Exactamente como lo proclamamos en la Santa Misa, con el Cáliz y la Patena elevados y mostrados al Pueblo Fiel: ¡Por Él, con Él y en El…!

Este es nuestro Camino. Esta es nuestra Verdad. Y esta ha de ser nuestra Vida.

El Sacerdote no puede tener otra. Ni siquiera con el pensamiento. Mucho menos con los deseos. Y con las obras, ni el más mínimo borrón.

En caso de haberlos -porque podemos ser tentados y caer: no somos impecables, al contrario: somos de «barro», sí; pero en manos del Divino Alfarero-, acudir rápidamente a la Confesión con un hermano nuestro, que nos acogerá, nos perdonará en nombre del Señor, y nos fortalecerá para ir camino adelante: incluso más fieles que antes. Más Sacerdotes que antes.

Acudir con asiduidad ante el Sagrario: el lugar por excelencia del Sacerdote. Ponernos de rodillas. Abrir nuestra alma a Cristo, y a su Madre, además de a san José.

Poner en sus Santísimas manos nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro. No pretender ser otra cosa que lo que Él, en su Providencia, disponga. Hablarle de nuestras ovejas, rezar por ellas, así como rezar diariamente por nuestros Ordinarios y Superiores. Y Confiar y Creer en su Infinita Bondad: no encontraremos un Corazón más cálido y más acogedor que el Suyo.

Esta es nuestra Escuela. Él es nuestro Único Maestro. Y, por encima de cualquier otra consideración: nuestro Salvador. Amén.

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