Primera Palabra: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen».

Así se expresa Nuestro Señor Jesús en cuanto lo enclavan en la Cruz, atravesándole Manos y Pies con crueles clavos, para poder ponerle luego en alto, entre dos ladrones; en el Calvario, el lugar de la Calavera: donde ajusticiaban a los reos con la más infamante y cruel de las ejecuciones: la crucifixión.

No podemos olvidar -al contrario: hemos de considerarlo una vez y otra, a lo largo de nuestra vida: nos va el alma en ello-, que Jesús ya ha padecido durante toda la noche, que ha pasado en vela: apresado, de entrada como un ladrón, abandonado por los suyos, sus «amigos»; maltratado además con la blasfema saña de acusadores y verdugos.

Ha sufrido también un juicio inicuo, ante el Sanedrín en pleno y luego ante Pilatos; de éste, a Herodes, y vuelta a Pilatos, en un «peloteo» infame, donde no se pretende hacer «justicia» : ¿Qué «justicia» cabe contra el Justo?

Por si fuera poco, a instancias y cobardía de Pilatos, le han flagelado; con una flagelación fuera de todo orden jurídico. Flagelación que, como le fue revelado a Santa Brígida, habría bastado para matarlo varias veces.

Como no podía ser de otro modo, Pilatos añadió a la injuria, ignominia –No hallo en éste ningún delito de muerte-, y cinismo: Inocente soy de la Sangre de este Justo.

Pero se lo entrega para que lo crucifiquen: era señor de vidas y haciendas, y ejerce. A esto se le llama «justicia» en este mundo: es lo que dan de sí los hombres sin Dios.

Para mayor burla blasfema e infame, y ya puestos, lo Coronarán de Espinas. Y le darán palos, guantazos, escupitajos, burlas verbales, desprecios sin cuento, y todo lo que les da de sí su iniquidad. No habrá límites contra la misma Inocencia.

Bien podía escribir el Profeta, adelantándose con su Visión a los tiempos: No hay en Él parecer ni hermosura; no le quedó parte sana. Quedó: como un gusano, ante quien se aparta el rostro con asco.

Los que tienen por oficio «desmitificar» a Jesucristo desde sus posiciones nada católicas, se agarran a estas palabras del Profeta que acabo de citar, para afirmar que Jesús, prácticamente, era «mas feo que Picio», como se dice coloquialmente.

Nada más fuera de la realidad, y de la lógica más elemental. Si Dios, cuando crea a Adán y Eva «rompe el molde», pues no pudo hacerlos más guapos -no creo que haya habido otros ni parecidos-, ¿cómo va a hacer el Espíritu Santo a Cristo «feo», máxime cuando lo forma en el Seno Virginal de María, su Madre? ¿Alguien se imagina «fea» a la Santísima Virgen? «Ni al que asó la manteca», por decir algo que hasta éstos sean capaces de entender…, si quieren, claro.

Esas Palabras Reveladas se refieren a Jesucristo, SÍ. Pero exclusivamente y muy en especial cuando es presentado como el Ecce Homo! Cuando no le quedaba ni un centímetro de su cuerpo que no estuviese lacerado. NO se refieren a Él tal cual era, tal como lo conocieron hasta ese momento de su Pasión.

Ciertamente, ha habido Santos que se han expresado de ese modo: les ha podido, aunque pueda parecer incomprensible, su Piedad y su Devoción por Jesucristo. Pero no fue así, porque NO pudo ser así: lo siento.

Después de todo eso, le cargarán con la Cruz, en un Vía Crucis que, únicamente porque es Dios -la Segunda Persona de la Santísima Trinidad-, podrá soportar: amén la ayuda de su Madre, que lo fue acompañando con Juan hasta el mismo pie de la Santa Cruz; allí, una vez desclavado, lo recogerá en su Seno, hasta que lo llevaron a darle un arreglo precipitado -se echaba encima la Fiesta-, y enterrarlo en un sepulcro nuevo , propiedad de José de Arimatea, en un huerto cercano.

También le consolaron los lloros de las mujeres de Jerusalén, a las que, sin embargo, les dirá: Hijas de Jerusalén: No lloréis por Mí; llorad por vosotras y por vuestros hijos… Pues si al árbol verde le tratan así, del seco qué se hará.

No podemos olvidar, al contrario, el alivio material que le supuso la ayuda del Cirineo, al que obligaron a cargar con la Cruz -tenían miedo de que se les muriese en el Camino: ¡cómo lo verían!-, y al que Jesús pagó con creces: a la vuelta de los años, dos de sus hijos estarán entre los Primeros Cristianos: Alejando y Rufo. Hasta sus nombres nos han llegado, porque así lo ha querido el Señor.

Como aportación personal: no me resisto a escribir que también su padre, Simón, oriundo de Cirene, será seguidor del Señor: todo, después de «un encuentro inopinado con la C ruz»«, como afirma y enseña San Josémaría Escrivá de Balaguer en «Santo Rosario».

Ya en la Cruz, todo lo soporta hasta beber la última gota del Cáliz del Dolor. Porque, como muy bien había anunciado: Yo entrego mi Vida cuando quiero. Nadie me la arrebata, sino que Yo la entrego. Y la entregó después de su mucho sufrir, por Amor nuestro: Nadie tiene Amor más grande, que el que da la vida por los suyos.

Bien puede afirmar San Juan, como testigo de primera mano de todas estás escenas, que: Nos amó hasta el extremo.

Una vez en la Cruz, le faltó tiempo para hablar, para hablarnos. Y las primeras Palabras que pronuncia son -no podía ser de otra manera-, en favor nuestro: como todo su obrar: ¡Padre, perdónales porque no saben lo que hacen!

No piensa en Él, porque siempre piensa muy en primer lugar, en nosotros: el Amor le tira más, mucho más, que su sufrimiento personal. Sufrimiento que había asumido, con la Libertad del Amor, desde antes de la Creación del mundo. Desde siempre.

Aprovecho para recordar una máxima de San Josémaría Escrivá de Balaguer. Nos decía, con tozuda insistencia humana y espiritual, fruto de su saber en Dios y de su practicar: «Hemos de tener el ‘prejuicio psicologico’ de pensar antes en los demás».

«Prejuicio psicológico» que, llevado a la Vida Interior, es la base, voluntariamente humana, de la auténtica Caridad Fraterna: eje espiritual de la Vida en Familia; signo real y visible de toda Institución Eclesial que pretenda durar siempre, mientras haya hombres sobre la tierra.

Porque únicamente la Caridad da el verdadero Valor y la real Autenticidad a todo lo nuestro. Ahí está el canto de San Pablo para acabar convencidos.

Lo primero, por tanto, a lo que se agarra: pedir a su Padre y a nuestro Padre, a su Dios y a nuestro Dios, por los mismos que le acaban de Crucificar.

Luego, pues su Amor es tan grande que es Infinito, pediría por Pilatos y por Herodes; por Anás y Caifás; por el Sanedrín en pleno; por su pueblo, escogido de entre todos los demás; pueblo que había sido manipulado -así pasa tantas veces, y en tantos ambientes: también en el interior de la Iglesia, antes Católica-, y que gritó, repetida y vilmente: ¡Crucifícale, crucifícale!

Sin olvidar, y sin olvidarnos -¡cómo podría, si éramos el motivo de toda su Vida, incluidas su Pasión y Muerte!-: por nosotros, pecadores. Por nosotros estaba allí, muriendo, agonizando…, por Amor. Se había entregado para Reparar por nuestros pecados y Rescatarnos de todos ellos.

Con un matiz que NO podemos ni debemos obviar, porque nunca hemos de ocultarnos, ni ocultar a nadie la Realidad: nuestros pecados mortales, los que se han cometido y se cometen en el mundo por los Católicos, tienen muchísima más malicia -ni comparación-, que los cometidos por el pueblo judío. Y los de éstos, muchísima más que las de los sayones y la tropa que lo ejecutan.

¿Por qué? Precisamente, «porque no saben lo que hacen». Antes de Cristo, incluso dentro del Pueblo Escogido, ¿qué conciencia de pecado podían tener?

Ciertamente, tenían los Mandamientos. Periódicamente, después de sus constantes idolatrías, acudían a pedir perdón: cosa que conseguían después de grandes penalidades, debidas a sus pecados.

Esos mismos castigos, tantas veces durante generaciones enteras, deberían haberles abierto los ojos… ¡Ni por esas!

¿Qué les faltaba entonces? Les faltaba lo que nosotros poseemos «en propiedad por herencia»: al Crucificado. Únicamente mirándole, penetrando en lo que se ve con total certeza, podemos intuir, y certificarnos, respecto a lo que ES el Pecado Mortal.

NO es nuestro caso: cada uno de nosotros, los Católicos, sabemos perfectamente -bien al detalle-, lo que le han costado cada uno de nuestros pecados, lo que le hemos costado: hasta la Última Gota de su Sangre Redentora. Y no es una hipérbole al uso.

Es la Obra de la Redención, obrada únicamente por Él. Es «Su Obra»: Yo, para ésto he venido . Y no ceja, no se aquieta su Espíritu, mientras no la lleva a cabo.

Contemplando está realidad, meditando ante el Crucificado , no es de extrañar que tantos Santos y Santas hayan exclamado que, precisamente Cristo en la Cruz -el Crucifijo, el Crucificado-, ha sido su verdadero «libro», donde todo lo han buscado, encontrado y aprendido. Es ahí donde se han certificado y empapado de todo lo que necesitamos para vivir como hijos de Dios en su Iglesia en medio del mundo: pisando donde Cristo ha pisado.

¡Padre, perdónales! No puede negar la realidad de nuestros pecados, que le ofenden y nos condenan. No puede ponerles otros nombres, pues sería engañarnos: algo que su Amor no se puede permitir, ya que nos llevaría a la Condenación Eterna. Mucho menos puede afirmar que lo que es pecado, ya NO lo es: por la misma razón. Además, con esas «mañas», NO sería Dios, porque: Sólo Dios es Bueno.

¿Qué puede hacer entonces, como Primogénito entre todos nosotros? Rogar en favor nuestro. Ofrecerse Él como Salvación nuestra. Sin olvidar -perdón si a alguien le molesta la insistencia -, lo que le cuestan nuestros pecados: nos lo certifica bien a las claras.

¿Qué debemos hacer, pues, nosotros? Nos basta mirar, mirarLe, ahí donde ha querido estar a nuestra vista. Además, NO negar jamás la evidencia de lo que se presenta a nuestros ojos. Y hacer el esfuerzo, como Él quiere que hagamos, de ver, oír y entender. Para que, de este modo, nos Salve, porque nos dejemos Salvar…

Negarnos a poner de nuestra parte este mínimo esfuerzo -algo nos tiene que tocar poner: somos sus hijos, no marionetas-, sería servirle en bandeja el mayor triunfo al Demonio. Sería jugar con Fuego, con el Fuego Eterno.

Y despreciar todo el Amor que Dios nos tiene, rechazando la Salvación que ha puesto ya en nuestras manos: la tiene ya concedida con su Pasión, Muerte y Resurrección, y con habernos hecho hijos suyos en su Iglesia, nuestra Tabla de Salvación.

2 responses to “Primera Palabra: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen».”

  1. Avatar de José Luis Aberasturi y Martínez

    Asombroso. Deslumbrante. Conmovedor.

  2. Avatar de cucamcc22131e52734
    cucamcc22131e52734

    Me gustó muchisimo. Muchas gracias, padre.

Responder a José Luis Aberasturi y MartínezCancelar respuesta

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