Cuarta Palabra. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Cuarta Palabra. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

San Mateo acota esta Cuarta Palabra del Señor en Agonía, Crucificado como estaba, con estas indicaciones tan precisas.

En primer lugar, durante algo más de tres horas, que se le harían interminables por el Dolor físico, psíquico y moral, de la hora sexta a la hora nona, el Señor Jesús, nuestro Salvador, no abrió la boca: las tres Palabras anteriores, que hemos traído a nuestra memoria y a nuestro corazón, las pronunció antes, hasta que la oscuridad más absoluta -de sexta a nona, vuelvo a renarcar-, señoreó el mundo. Totalmente.

En todo este periodo el Señor Jesús enmudeció. Actuó tal como se entregó: Como un cordero mudo ante los trasquiladores. Así estaba profetizado, y así se cumplió en Él toda Escritura, sin faltar ni una coma.

En segundo lugar: durante todo ese tiempo hubo una oscuridad absoluta sobre toda la tierra. Como nos lo relata san Lucas: se oscureció el sol, y la tierra se llenó de tinieblas.

Hubo, por tanto, un eclipse TOTAL del Sol. Algo imposible si nos atenemos a las leyes de la Naturaleza. En el luna nueva del Primer mes, segun los judíos, el Sol se pone por el Oeste y la Luna, en toda su redondez, sale por el Este: era imposible que ésta tapara al Sol.

Como detalle: estaba haciendo un pequeño desplazamiento en coche este último Jueves Santo, justo al atardecer. El Oeste estaba rojo, en el ocaso del sol. Y precisamente por el lado opuesto, la luna llena, ya visible, resplandeciente de la luz que reflejaba. Imposible conjunción planetaria, por tanto en estas fechas, para un eclipse

Pero, incluso aunque hubiese podido acahecer tal cosa -del todo imposible de suyo, pues escapa a sus posibilidades naturales-, no hubiese durado más que unos pocos minutos: tres, cinco, siete… como mucho: NUNCA tres horas bien cumplidas.

Por tanto no queda más explicación que fue un hecho Sobrenatural: un auténtico Milagro que hizo Dios en Honor y Agradecimiento por su Hijo, muy amado. Por otro lado, es una muestra más de su empeño Paterno por confirmarnos en la Fe, con señales únicamente Divinas. Como hace siempre: igual que su Hijo, e igual que el Espíritu Santo.

Bien se ve cómo hasta los elementos naturales «cierran los ojos» -se oscurecen a sí mismos, «se tapan la cara», dejándose llevar por Dios-, para negarse a ver el Crimen tan inimaginable que se ofrecía a su vista. Y los cierran por respeto y compunción. Horrorizados. Y escandalizados de los hombres, con total seguridad…

Sólo al final de esas horas, pronunciará la que será su Cuarta Palabra: Eloi, Eloi, lema sabactani? Palabras que significan: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

¿Es un grito desgarrador? Humanamente, bien pudiera haberlo sido. Como aquellas primeras Palabras suyas -convertidas en Oración-, en el Huerto de los Olivos, antes de padecer: ¡Padre mío, si es posible pase de Mí este Caliz…! Aunque bien conocemos cómo prosiguió orando: …pero no se haga mi Voluntad, sino la tuya!

Continuidad, que anula todo dramatismo, aunque lo tiene de suyo innegablemente; y anula también toda posible «amargura» por «lo que lo ha tocado en suerte», ya que expresa la más absoluta Conformidad con la Voluntad Amorosa y Salvífica de su Padre en favor nuestro. De Nuestro Padre, por tanto: no lo olvidemos nunca.

Y ahora, desde la Cruz, y con estas precisas Palabras: ¿qué significan, y qué nos quiere enseñar? Porque dichas quedan. Y recogidas están para todos nosotros.

No son Palabras originales suyas, pues estaban escritas ya, siglos antes, en el Salmo 21, 1: Dios mío, Dios mío, mírame: ¿por qué me has abandonado?

¿Por qué las recoge Jesucristo, y las hace suyas, precisamente ahora? Las dice porque es Hombre verdadero: y esas palabras bien las podría decir cualquiera en su situación.

Por tanto, las dice por nosotros: para enseñarnos que no debemos tener miedo a notar que somos hombres, y solo hombres: de carne y hueso; débiles y debilitados tantas veces. Pero, eso sí: deseosos de seguir sus huellas.

Las dice, porque su Padre Dios – nuestro Padre Dios-, permite que sienta todo el peso de su Pasión y de su larguísima y crudelísima Agonía: tenía que beber hasta la última gota del Cáliz del Dolor.

Y siente, como nadie antes o después de Él, el peso de esa «soledad», concomitante con la propia Muerte, que acompaña necesariamente ese suceso: porque, cuando es «uno» el que muere, únicamente muere «uno». Está establecido que los hombres mueren una sola vez.

Por muy acompañado que esté: tanto por el Señor y la Iglesia, al recibir con piedad la Últimos Sacramentos dispuestos para esta singular ocasión; como por los más allegados, si es el caso.

Todo eso ayuda. Como así ocurrió también con el mismo Señor: Estaban al pie de la Cruz su Madre y Juan, el discípulo amado. Así lo hemos considerado en su Tercera Palabra.

Pero eso no fue bastante para que le saliera del alma ese fuerte grito: Eloi, Eloi, lemá sabactaní! Grito, con el que renueva su Abandono, Libérrimo y Amorosamente Filial, en su Padre Dios.

El «¡mírame!» del Antiguo Testamento, dirigido a Dios Padre para que «se cerciore» de su total y absoluta Entrega, así lo pone de relieve.

No hay la menor queja, por tanto; mucho menos la más insignificante rebeldía. Si hubiese sido el caso, se hubiese bajado automáticamente de la Cruz: poder tenía para hacerlo.

Pero NO. Se ha entregado, como Hombre verdadero y como Dios verdadero, sin la menor reserva: totalmente. Cumple así su mayor deseo: Holocaustos y ofrendas no quisiste… Pero me has dado un Cuerpo; y Yo digo: he aquí que vengo para hacer, oh Dios, tu Voluntad.

Y se lo ofrece a Dios Padre en favor y beneficio nuestro, en perfecto Holocausto. Total y absolutamente.

El Sacrificio de Holocausto, entre los Judíos, como le enseñó y mandó Yahwe-Dios a Moisés como Ley Perpetua, suponía la destrucción TOTAL de la víctima ofrecida, convertido en Sacrificio Agradables a Dios. Y ésto es lo que asume Cristo. Así nos quiere: con locura. Con la locura de la Cruz.

¿Aprenderás? ¿Aprenderemos? Porque todo ésto, lo vivido por Cristo -nuestro único Modelo: Aprended de Mí-, hemos de hacerlo nuestro, asumirlo y vivirlo: como Dios quiera, cuando Dios quiera, donde Dios quiera… Porque hemos de pisar donde Cristo ha pisado: ésta es la entraña más cierta y segura del Camino nuestro mientras somos viatores, mientras vamos de camino aquí en la tierra.

Por ésto, como se aprendía antes en los Catecismos: «la Señal de la Cruz es la Señal del Cristiano», del Discípulo de Cristo. Y lo es, en primer lugar, porque ésa fue la Señal definitiva de Cristo, Dios y Hombre verdadero: Yo, para ésto he venido.

Pero lo es -en Él, que inicia el Camino-, para que sigamos sus Huellas.  El Señor Jesús no sólo nos muestra la senda por dónde han de discurrir nuestros pasos, sino que nos lo hace andadero: nos lo allana.

De este modo es como podrá pedirnos, sin la menor exageración respecto a nuestras fuerzas: el que quiera ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.

Es exactamente lo que Él ha hecho primero, dándonos ejemplo, para que sigamos sus Huellas.

De aquí que sólo se descamina el que prefiere escoger «sus» propios pasos, y NO esas Huellas tan nítidas e imborrables que ha dejado aquí en la tierra.

Niéguese a sí mismo. Ésta es la verdadera cruz de cada día. Porque, en principio, NO nos van a Crucificar: la época de los romanos ya pasó, y no creo que vuelva; aunque Mártires sigue habiendo y los habrá: forma parte de nuestro caminar sobre la tierra: si a Mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros.  Activo, y perfectamente vigente.

Por una bien precisa y exacta correlación: No es el discípulo más que su Maestro. Al contrario: necesita ser igual que su Maestro: nunca «distinto», pues dejaría de ser exactamente eso: Discípulo, que significa «seguidor», y «alumno»: o sea, «aprendiz».

Recuerdo unas palabras de san Josémaría, que son a la vez Oración y Súplica que eleva a Dios: «Señor, que yo no sea yo, sino ‘aquel’ que Tú quieres que sea». Condición indispensable para estar y pisar el verdadero Camino de nuestra personal Santidad.

La Cruz, por tanto, no es sólo «la Señal del Cristiano», sino mucho más: «el Camino del Cristiano». Ahí están las palabras de Jesucristo citadas anteriormente: El que quiera ser mi discípulo…

Hemos de tener, por tanto, la absoluta y completa seguridad de que ‘un Cristianismo sin Cruz, es un Cristianismo sin Cristo’. Porque no hay Cristo sin Cruz.

Ésta es la verdadera y auténtica Cruz de los hijos de Dios en su Iglesia, en medio del mundo: negarnos a nosotros mismos. No pretender ser «yo», sino buscar ser «como» Cristo: otro Cristo, el mismo Cristo.

Este es el significado de la palabra «cristiano», y por eso nos llamamos, y nos identificamos, de este modo: con la Cruz.

En este Camino, humano y espiritual a un mismo tiempo, se te presentarán -continuamente- mil ocasiones de recorrerlo -y siempre tendrás la Gracia de Dios para hacerlo exitosamente-; y otras tantas de elegir desviarte o, incluso, dejarlo: siempre con la tentación bien a propósito para obrar malamente.

¿La receta para resolver, eficazmente y a favor del Señor semejante competencia? Te la presento de la mano de san Josémaría, al que acudimos de nuevo: «Señor, quiero ésto o lo otro sólo si Tú lo quieres; porque si no, ¿yo, para qué lo quiero?». Elemental, sí. Fácil, no. Imposible, tampoco. Al alcance de cada uno, por supuesto, y necesariamente.

Porque, a la hora de ver lo que nos lleva al Señor, sea del orden que sea -desde sentarnos un poco menos cómodos, o callar cuando vemos que nos estamos enfadando, o que nos cuesta ponernos a rezar o ir a la Santa Misa, etc.-, hemos de buscar resolver a favor de Cristo. Siempre y en todo.

Ésta es verdaderamente nuestra Vocación y nuestra Misión. ¿Para qué? Ni más ni menos que «para poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas». Para resellarlas de este modo; y, ya puestos, para renunciar a buscarnos a nosotros mismos, porque nos hayamos llevado y llenado de nuestra capacidad de amar: «el hombre está hecho para amar».

Porque ésta es la trampa que siempre nos planteará el demonio, con las máximas mundanas -que no son de Dios, al contrario-, a las que se suman nuestras personales complicidades.

Una receta más nos daba el Fundador del Opus Dei, para cuando notamos que algo nos cuesta: «Agárrate a lo que te cuesta, precisamente porque te cuesta. Que no te falte esta experiencia».

¿Por qué? ¿A qué viene? Porque ésto es, sin lugar a dudas, identificarse con Jesucristo. No dejarle sólo en la Cruz. Vencernos por Amor: como correspondencia y agradecimiento por el Amor inconmensurable que nos mostró en su Pasión y Muerte de Cruz.

¿Te parece poco, o de poca monta?

La «verdad» del Amor, desde el Amor de Dios al nuestro, está precisamente, en la «verdad» de hasta dónde podemos llegar en nuestra entrega. Porque, «tanto amas, cuanto estás dispuesto a sacrificarte por…».

Este es el auténtico «coeficiente de autenticidad» del Amor con el que amamos. Desde el Amor que le debemos a Dios -Amarás a Dios sobre todas las cosas-, al Amor que les debemos a nuestros padres y demás, a la Patria, al prójimo: a lo que sea, o a quién sea… Nuestra capacidad de Sacrificio. Porque «amar, es darse, entregarse». Nuestro «amar» reside en la «capacidad de darnos…, por Amor, y para amar».

Todo lo que no sea ésto NO ha alcanzado esa Categoría. Y, desde luego, está en las antípodas del «chupar del bote».

Ésto es lo que buscado romper -y, de hecho, han destrozado-, en ese camino demoníaco de «desmantelar» y «abolir» a la persona. Y lo han conseguido. Con la complicidad, necesaria, eficaz e insustituible de la propia Iglesia; por «ordeno y mando» de muchos de sus Jerarcas; o sea: desde arriba.
Jerarcas que, a la sombra y con el sueldo Eclesial, han pasado de defender a la persona -«el hombre es el lugar de la Iglesia»: no podemos olvidarlo-, a dejarlo y/o echarlo «a los pies de los caballos».

Sí no miramos a Cristo Crucificado, NUNCA aprenderemos. Jamás nos dejaremos llevar por lo que más nos engrandece: amar. Y en absoluto llegaremos a ser amados. Porque habrá desaparecido el Amor en el mundo.

Ésta es la Grandísima Pérdida que se ha generado en el interior de la Iglesia -antes Católica, ahora ya NO-: se ha dejado de «mirar» a Jesucristo, primero; se ha dejado de «escuchar» a Jesucristo, a continuación; se ha dejado de «predicar» a Jesucristo, necesariamente; y, como colofón, se ha dado el Gran Cambiazo en la Liturgia, en la Disciplina de los Sacramentos, y en la propia Revelación.

Por todo ésto, no queda prácticamente nada serio como genuinamente Católico. Por ésto los Jerarcas, a todos los niveles, NO arrastran a nadie, y se vacían parroquias, seminarios, conventos y demás. Por ésto la Iglesia está desapareciendo…

¿Y cómo se pretende «rellenar» este vacío, irrellenable sin la Verdad de Dios, de su Iglesia y de sus Jerarcas fieles?

Con sentimentalismos fuera de madre, y con cánticos y musiquillas. Dios, en el mejor de los casos, como un adorno, que da una cierta identificación… Nada serio, por otra parte. Ni mucho menos «comprometedor»: no la liemos, oigan.

Comprometidos: el compromiso más total y más grande es AMAR. Ahí nos quiere y nos necesita la Trinidad Santa.

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