Quinta Palabra: ¡Tengo sed!.
¡Cómo no iba a tenerla…! ¿Cuánto hacía que no probaba una gota? ¡Si, además, estaba casi desangrado, agonizando de larguisima y cruel agonía…!
De este modo, y con estas consideraciones tenemos un cuadro bastante completo, en el plano humano, de su angustioso y exhausto: ¡Tengo sed! Le salió de muy adentro: todo su Cuerpo clamaba.
Jesús, en este momento, grita lo que lleva sufriendo desde hace muchas horas: se muere de sed. Una sed física, que lo está casi acabando; caso de que, con todo lo que lleva sufrido, y sufriendo, no lo estuviese ya.
Y lo expresa, porque no tiene el más mínimo sonrojo de mostrarse como Hombre, con todas sus consecuencias. Y este momento no iba a ser una excepción: si está Crucificado, y nos está entregando su vida, es precisamente porque es Hombre Verdadero. Si no, no podría. En modo alguno.
Por otro lado, tampoco es la primera vez que lo vemos sediento. Cuando espera a la Samaritana junto al Pozo de Jacob, ¿cómo empieza a «preguntar» por su alma? Le dice: Dame de beber. O sea: «tengo sed: ¿me puedes dar un poco de agua?».
Hago un inciso: el verdadero apostolado, ese apostolado de auténtica y verdadera amistad, no es nada postizo, ni alambicado; ni mucho menos va «con segundas».
Es tan sencillo, y tan directo, como este: Dame de beber, del Señor. Y, a partir de ahí, ya se va empalmando toda la conversación; hasta que, contando uno mismo con la Gracia, y ayudandola a la vez, porque es imposible que falte, ni que nos falte, se llega -cuando Dios quiera y como Él quiera-, a «tocar el alma» del otro: un alma a la que ayudar y, en último término, a salvar: que de ésto va el Apostolado que hace Honor a su nombre, y a su función.
A partir de aquí, en la labor Apóstolica se implica muy directamente la Santísima Virgen, y su Hijo: sólo pueden apagar su «sed» con/en las almas.
Retomo el hilo; pero me aprovecho de la escena de la Samaritana: para eso nos la ha dejado Jesús.
La «sed» del Señor Jesús, no se queda en su sed física, «como Hombre’. Lógicamente. Ni se apaga bebiendo agua; ni probando, como agradeciendo el detalle, la mezcla de vinagre y hiel que le dan con una esponja empapada en esa mixtura.
Su sed «humana» es signo y señal de su sed «Divina». Una Sed que responde y manifiesta con aquel: Yo, para ésto he venido: Por nosotros y por nuestra Salvación. A precio de Pasión y Muerte.
Un afán que muestra con una señal inequívoca, de camino a Jerusalén con aquella actitud que, como narra el Evangelio, no les pasa inadvertida a los suyos: cuenta con asombro que iba cum festinatione: tenía «prisa» en subir a la Ciudad Santa. Y entregar su Vida con la plenitud de su Perfecto Holocausto.
Le urgía Darse y Entregarse del todo. Hasta la última gota de su Sangre. Hasta el último dolor y el último suplicio. Hasta la última ansia, y la última necesidad, material y espiritual: ¡Tengo sed!
Sí: ¡se moría de sed! Pero moría por su «sed de almas», por Amor a cada uno de nosotros. Por ésto y para ésto había venido. Y lo sabía, y lo había aceptado desde antes de la Creación del mundo.
Así lo expresa san Pablo, con una seguridad que asombra y deslumbra, amén de asegurarnos el Amor que Dios nos tiene: Nos ha escogido el Señor, ‘desde antes de la Creación del mundo’, para que seamos Santos e Inmaculados en su Presencia por el Amor…
Había venido a este mundo pecador con Sed. Con una grandísima y, en cierto modo, insaciable SED. Y estaba, en la Cruz y muchísimo antes -desde siempre-, con Sed «atrasada». Instalado ahí con libérrima Voluntad.
Voluntad, en primer lugar, de Hijo. Un Hijo que no quiere tenerad Voluntad propia, que hacer la Voluntad de mi Padre.
Voluntad de Primogénito entre todos nosotros: «Responsable Único» de todos y cada uno de nosotros: ésta era la Voluntad de Dios Padre. Y estaba «al cabo de la calle».
Voluntad de Fundador de su Iglesia, que NO nuestra, ni a merced de nuestra loca presunción y soberbia.
Voluntad de ‘dador de Vida’ y Vida ‘abundante’. NO podía quedarse corto, o a medias: tenía siempre presente su Perfecto Holocausto. Porque tenía que arrancarnos del Pecado, y llevarnos a la Santidad que nos gana el Cielo, para siempre.
¡Como para NO tener Sed! ¡O como para ser capaz de callárselo! ¡Imposible no gritarlo! Ahora hablo de/para nosotros, de cada uno de nosotros, los hijos de Dios en su Iglesia en medio del mundo.
Porque, cada uno ha de intentar «repetir toda la Vida de Cristo». Por ésto tan grande y tan en concreto, la Lucha Interior, esa que tiene como Espectador de Honor y Renombre al mismo Jesucristo, se llama y se caracteriza como: «Imitación de Cristo», según uno de los mejores libros de Espiritualidad del Orbe Católico.
Como es lógico, en medio de nuestras personales circunstancias, que son siempre Providencia Divina, para que podamos vivir -y vivamos- como hijos suyos, «buscando seriamente la Santidad».
Escribe san Josémaría, con determinación y autoridad, sin la menor «sutileza», como hablan los auténticos ‘hombres de Dios’: «¡A ver cuándo te enteras de que tu único camino posible es buscar seriamente la Santidad! Decídete -no te ofendas- a tomar en serio a Dios. Esa ligereza tuya, si no la combates, puede acabar en una triste burla blasfema» (Surco, 650).
Y no hay vuelta de hoja. Por supuesto: los «católicos a lo Biden» rechazan toda Palabra pronunciada seriamente y en verdad. Los «católicos a lo listillo», exactamente igual. Los «católicos adormilados y/o aburguesados», en la misma linea.
Para aceptar estas cosas, incluido el modo de decirlas, hay que querer «tomar en serio a Dios». Por tanto: abstenerse los que no quieran estar en este horizonte.
¡Tengo sed! Sitio!, en latín. Tiene que ser un grito nuestro, de cada uno, personal, que nos lleve a imitar a Cristo, pisando donde Él ha pisado.
Un inciso: A veces se encuentra uno con gentes que, ante lo que el Señor nos pide, dicen tantas veces con convencimiento: «Es que NO sé lo que Dios quiere de mi».
Lo dicen convencidos, con sentida sinceridad. Pero…: se equivocan. «De pe a pa». Totalmente. Porque da la impresión -lo digo desde fuera, como es lógico-, de que no han leído nunca los Evangelios, o de que los han leído como un cuento, no como algo escrito para todos y cada uno, y al Dictado del mismo Dios.
Vuelvo una vez más a san Josémaría. Escribe: «Al abrir el Santo Evangelio, piensa que lo que allí se narra -obras y dichos de Cristo-, no sólo has de saberlo, sino que has de vivirlo. Todo, cada punto relatado, se ha recogido, detalle a detalle, para que lo en arnés en las circunstancias concretas de tu existencia.
-El Señor nos ha llamado a los catolicos para que le sigamos de cerca y, en ese Texto Santo, encuentras la Vida de Jesús; pero, además, debes de encontrar tu propia vida.
Aprenderás a preguntar tú también, con el Apóstol, lleno de amor: «Señor, ¿qué quieres que yo haga?…». -¡La Voluntad de Dios!, pues en tu alma de modo terminante. Pues, toma el Evangelio a diario, y vivirlo como norma concreta. -Asi han procedido los Santos». (Forja, 754).
Mi alma tiene sed de Tí, Dios mío. Así canta y reza el Salmo. Mostrando que, a la hora de nuestra «sed», su Primera Dimensión es la Sed de Dios. Sin esta «sed», que ha de ser Cierta y Verdadera, paradójica estaríamos «muertos de sed», aún estando a la vera de la Fuente de Aguas Vivas, como se presenta a Sí mismo el Señor.
Se nos revela así en su Encuentro con la Samaritana, junto al Pozo de Sicar. En ese Diálogo, el Señor le anuncia y le descubre un agua que sacia para siempre: lo nunca oído y, menos todavía, lo nunca hallado:
Sí conocieras el Don de Dios y Quién es el que te dice: ‘dame de beber’, tú le habrías pedido a Él, y Él te habría dado ‘agua viva’.
Ante su falta de entendimiento, Jesús le insiste: El que bebe esta agua -la del pozo, la que ha ido a buscar y sacar la mujer- tendrá otra vez sed, pero el que beba del agua que Yo le dé no tendrá sed jamás; más aún, el agua que Yo le daré será en él manantial que salta hasta la Vida Eterna.
Y la mujer se deja ganar, totalmente: las que acababa de oír eran «palabras mayores»: Señor, dame esa agua, para no tener sed ni venir aquí a sacarla.
Y el Señor Jesús «le toca» entonces el alma: Anda, llama a tu marido, y vuelve aquí. Y ella, despreciando todos sus anteriores autoengaños, que eran unos cuantos, con absoluta sinceridad para con ella y, por supuesto, para con Jesucristo, le contesta: No tengo marido.
¿Por qué le toca el alma y la conciencia? Por una muy precisa y elevadísima razón: es en nuestro interior, en nuestra alma y en nuestra conciencia donde debemos buscar a Cristo, nuestro ser hijos de Dios en su Iglesia en medio del mundo. Y, o lo encontramos ahí, o no lo encontraremos en ningún otro lado.
Está en otros sitios: por supuesto. Pero a Él NO lo encontraremos: los habremos convertido en sitios «superfluos».
Jesús le toma su palabra que, aún siendo sustancialmente sincera, no deja de pecar de cierta «cortedad», teñida además de una pátina de «evasiva» buscada…
Y «le aprieta» un poco: En ésto has dicho la verdad; porque cinco has tenido, y ninguno ha sido tu marido .
Y aquí, ante «Alguien» al que no duda en catalogar de Profeta -Señor, veo que eres Profeta-, depone sus armas dialécticas, y se rinde ya totalmente. Sin condiciones. Sé que vendrá el Mesías, confiesa. Y Jesús le dijo: Soy Yo, el que habla contigo.
Tan se rinde, que se va corriendo al pueblo gritando por las calles: Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿Será acaso éste el Mesías?
Y le llevó a Jesús a todo el pueblo, que le rogaron que se quedará con ellos. Y Jesús, se quedó allí dos días: no era cuestión de desaprovechar la ocasion. De hecho, muchos creyeron en Él.
Ésta es la Segunda Dimensión que ha de saciar nuestra «sed»: el afán de almas, el Apostolado, que no puede dejarnos «tranquilos» mientras se pierden numerosísimas alma: se condenan por toda la Eternidad.
La Vocación Cristiana es una Vocación a la Santidad -de ahí la sed de Dios, la Imitación de Cristo, su Seguimiento-, y al Apostolado. Tiene estas Dos Caras, que se complementan porque son inseparables: no hay Santidad personal sin Apostolado personal.
Como nos ha dejado escrito san Josémaría, apremiado por llevarnos al bien y a la plenitud de nuestra vida, cara al Señor: «¿Tu Vida para tí? Tu Vida para Dios, para el bien de todos los hombres, por Amor al Señor. ¡Desentierra ese talento! Hazlo productivo: y saborearás la alegría de que, en este negocio Sobrenatural, no importa que el resultado no sea en la tierra una maravilla que los hombres puedan admirar. Lo esencial es entregar todo lo que somos y poseemos, procurar que el talento rinda, y empeñarnos continuamente en producir buen fruto».
La Parábola de los Talentos aletea en estás lineas constantemente. No podemos devolverLe únicamente lo que hemos recibido: pelado, sólo, sin los legítimos intereses, como mínimo. Como que NO…
Y el Señor Dios nos va a pedir cuentas de todas y cada una de las personas que han estado a nuestro lado.
De nada nos van a valer aquellas palabras, de un homicida por toda seña: ¿Acaso soy Yo el guardián de mi hermano? Pues mira, y ya que lo dices: SÍ.
Tan guardián que, de 10 Mandamientos, 7 dicen relación precisamente a ésto: a ser guardián de mi hermano. Inequívocamente. Porque el Señor nos pedirá cuenta de la «sangre» de nuestro hermano; como nos la pedirá de la Sangre de Cristo.
No hay mayor ni más excelso Amor al prójimo que buscar su Salvación. Como la peor insidia en la que podemos participar es decirle: No hay Dios. O: vive como si Dios NO existiera.
Sabiendo que «las almas son de Dios»: nunca «nuestras». Algo que, desgraciadamente, hace más de 60 años que ha ido desapareciendo del Seno Virginal de nuestra Madre, la Iglesia Santa, por acción u omisión y consentimiento de la mayor parte de su Jerarquía.
Iglesia, que ha desasistido y abandonado a sus hijos, puestos en manos de sus Jerarcas. Y los ha echado a «los pies de los caballos». De aquí la Descristianización, montada por todos éstos y sus sucesores. Sin faltar casi ninguno: solamente unos poquitos nada más.
Afán de almas. Es el primer desbordamiento del verdadero amor a Dios.: «Tu apostolado debe ser un desbordamiento de tu Vida Interior» (Camino). Es «sentir con la Iglesia», en Plenitud de Vocación. Es participar -y vivir- de «los mismos Sentimientos que llenan y desbordan el Corazón de Jesucristo». Es la primera obra -la más excelsa-, del Amor al prójimo.
En conclusión: sin Apostolado NO hay Santidad, ni la puede haber. Y viceversa. Son como las dos caras de una misma moneda; porque, quien ha encontrado a Cristo NO puede guardárselo para sí. Ésta es la clave de la conjunción precisa y exacta de «Santidad y Apostolado».
La Tercera Dimensión de esta Sed que debe acuciarnos a satisfacerla, es: NO dejar sólo ni a solas a Cristo en la Cruz. Ahí están las Santas Mujeres. Ahí está María. Y ahí está Juan. Seguramente también, no faltaron Nicodemo ni José de Arimatea.
Porque nuestro «pisar donde Cristo ha pisado», no puede ser algo postizo: mero «plumero», sin peso ni vida real en nuestra Imitación de Cristo. En modo alguno.
Al contrario. Precisamente, hemos de desarrollar una gran devoción a un «Santo» que aún no ha subido a los altares: «San Fastidiarse».
Aprender a fastidiarse uno para dar Gloria y Honor a Dios, además de reparar por nuestros pecados personales y los ajenos; junto a poner en valor nuestra Oración y nuestras Peticiones; no sólo es muy grato al Señor Jesús, sino que es Camino de Crecimiento Espiritual. Acelerado, por cierto.
En manos de nuestra Madre, la Santísima Virgen María, ponemos estás consideraciones, para que las haga realidad en nuestra vida real.



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