Séptima Palabra: ¡Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu!

Son el comienzo de las palabras del Salmo 30, atribuido al Rey David, al que Él, Jesús, en y desde la Santa Cruz, antepone la invocación a su Padre: En tus manos encomiendo mi espíritu. Tú me has redimido, Señor, Dios de la Verdad (Salmo 30).

Una vez que puede presentarse ante su Padre Dios con la tarea acabadamente realizada hasta la última letra o tilde, y queriendo ya ofrendar su Vida de Hijo de Dios en Obediencia perfecta en favor nuestro, en la Presencia de su Santísima Madre, exclamó: ¡Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu! Y dando un fuerte grito -asi puntualiza el Santo Evangelio-, expiró.

Es la Última Palabra del Sermón de la Cruz, pronunciada por el Señor Jesús, justo en el momento de morir.

De hecho, cuando los soldados, ya casi acabando la tarde, se acercan a los crucificados para acelerar su muerte, a los dos ladrones les quiebran las piernas; práctica de uso corriente.

Pero, al llegar a Jesús, al verle ya muerto, uno de los soldados, con una lanza le traspasó el Costado [del lado derecho al izquierdo: le cruza todo el pecho por dentro] y el Corazón.

Así entregó Jesús su Vida, en Holocausto Perfecto, Agradable absolutamente a Dios. Así lo señala san Pablo, cuando nos escribe, a vuela pluma, una apresurada pero certera Biografía de Cristo: Se anonadó a Sí mismo, y se hizo obediente hasta la Muerte, y Muerte de Cruz. No dejó ningún cabo suelto.

Eso sí: todo en favor nuestro, y por Amor; es decir, y como rezamos en el Símbolo de la Fé: Por nosotros y por nuestra Salvación. No podemos ni debemos olvidarlo jamás: es nuestra más firme Esperanza: estamos en el centro del Corazón de Aquel que ni a su propio Hijo perdonó. Y en el Corazón de Aquel que asumió Amorosamente libre, semejante Tarea.

Ese grito, lo abre con una única Palabra, la que ha guardado en lo más íntimo de su Ser, desde toda la Eternidad: ¡Padre!

Esta Palabra es la que ha guiado toda su Vida Santa en su caminar terreno: para ésto precisamente había asumido nuestra naturaleza humana del Seno Virginal de María. Para llegar a éste: ¡Padre…!

Porque, exactamente, se Encarnó para morir por nosotros; y, de este modo, alcanzar la Bendición Paterna; a la vez que nos la alcanzaba por/para cada uno de nosotros, pecadores.

¿Qué mejor Muerte que hacerlo en manos de Dios Padre? No las encontraremos mejores, ni más acogedoras en nadie que no sea Él.
Que lo tengamos nítidamente claro.

¿Qué mejor súplica al Señor que acudir a su Paternidad Divina en el momento de la propia muerte? ¿Dónde vamos a encontrar un Corazón más encendido en Amor por nosotros?

Y esta Palabra, Padre, ha de acompañarnos, a Imitación de Cristo, toda nuestra vida terrena, para que sea también nuestra «Palabra» para siempre, en el Cielo.

Si no lo es aquí, mientras transitamos los mismos pasos del Señor -sus Huellas-, no lo podrá ser tampoco en los Cielos: NO los alcanzaríamos.

Porque, como han enseñado los Santos: «quien no tiene aquí a Dios como Padre, no lo tendrá tampoco después en la Eterna Bienaventuranza: porque no llegará a Ella».

Nuestros pasos en la tierra, o son «de Hijo» -de hijo de Dios-, o serán de mercenario, de idólatra, de prevaricador, de Condena Eterna: qu el Infierno es tan Eterno como el Cielo. Y al revés.

«El que no se sabe ‘hijo de Dios’ -escribe San Josémaría-, desconoce su verdad más íntima, y carece en su actuación del dominio y del señorío propios de los que aman al Señor sobre todas las cosas» (Amigos de Dios, 26).

«Nuestra verdad más íntima»; es decir: la que nos configura en nuestra verdadera, grandiosa y eterna condición: pasando, desde la Gracia Santificante, de «criaturas» y «Reyes de la entera Creación», que ya es algo verdaderamente excepcional e inmerecido, a «hijos de Dios»: «herederos del Cielo y coherederos con Cristo Jesús». Para siempre, para siempre, para siempre…

Ésto es, exactamente, lo que les sucede a los que desprecian a Dios; y, por tanto desprecian, en/con ese mismo acto -nefasto, blasfemo en sí mismo-, su condición de «hijos».

Con la consiguiente pérdida -inmediata y necesaria-, del «dominio y del señorío» que les pertenecía por el Santo Sacramento del Bautismo.

Sin Dios, la vida sólo se traduce en pecado. Y no puede salir de él por mucho que se empeñe, o por mucho que pretenda ignorarlo: el pecado, por el contrario, no le ignorará a él. Y se cobrará la deuda: porque en la otra vida, la deudas se pagan religiosamente, y por toda la Eternidad: en el Infierno.

San Pedro, en la Primera de sus Cartas, y desde su ser Cabeza Visible, nos hace la siguiente propuesta: Encomendemos nuestras almas al Creador, ‘haciendo el bien’.

Mejor Consejo, imposible, porque no podemos pretender otra cosa. Consejo que confirma, con su Autoridad, lo que venimos afirmando: cada uno recogerá lo que haya sembrado.

Ciertamente, dejar concertadas Misas y Limosnas para cuando uno se vea abocado a la muerte, está muy bien. Pero eso, sin llevar las alforjas repletas -haciendo el bien; o sea: con las buenas obras ‘personales’-, igual no da para reparar y arreglar la vida pasada.

Por ejemplo: nada de eso puede borrar el haber muerto en Pecado Grave; únicamente nos sirve, si este es el caso, el Confesarnos antes de fallecer; y, ya puestos y aprovechando la asistencia del Sacerdote, recibir la Unción de Enfermos y la Sagrada Comunión como Viático.

Luego, ya podrán venir Misas y Limosnas; pero sin todo ésto anterior, de poco valdría. De nada, exactamente.

¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu! ¡Padre, me pongo en tus amorosas y paternales Manos! Porque ese ‘mi espiritu’ significa exactamente «todo mi Ser», «toda mi Persona…, como Hombre».

Precisamente éste «como Hombre» es lo que nos sirve como Modelo para todos nosotros: es «su» Ejemplo real.

Como «Dios Verdadero» difícilmente podía «ponerse» en manos de su Padre, porque «ya lo estaba»: Yo y el Padre somos uno mismo.

Pero, «como Hombre» es lo que necesitábamos oírle. Y lo dijo. Y se lo escuchamos. Era la Coronación de aquel venir, para hacer, oh Dios, tu Voluntad.  La Esencia de su SER Hijo. Modelo perfecto y acabado de la nuestra.

Cierra, de este modo, el Señor Jesús el recorrido de su Vida: Procede de Dios Padre y vuelve a Dios Padre. Modelo, vuelvo a escribirlo, del nuestro.

Porque toda nuestra vida en la tierra -hijos de Dios en su Iglesia en medio del mundo-, ha de ser -debe ser- un real, consciente y anhelante afán de que Su Vida se repita «de algún modo» en la nuestra. Y lo podemos y debemos hacer en esa Santa Conjunción de Gracia Divina y quehacer nuestro: ésta ha de ser nuestra historia.

Como nos ha escrito San Agustín: hemos salido de las manos de Dios Padre para volver a ellas al final de nuestra vida, en un encuentro, si hemos sido hijos fieles -aún haciendo muchas veces de «hijos pródigos»: todas las que hayan hecho falta para volver a la casa de mi padre- a su Voluntad, que siempre es Don, Amor y Gracia. 

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