Devocionario: 1. Para confesarse bien.

Es decir: con la preparación necesaria para lograr los frutos que el Sacramento de la Penitencia nos alcanza.

Para Confesarse BIEN son necesarias CINCO cosas, que ha de poner, integras, el penitente: es él quien acude a confesarse; el decir: a «ser perdonado» ante el Tribunal de Dios, único que puede perdonar los Pecados.

¿Quién es Este…? Dirán todos los presentes, entre asombrados y un punto escandalizados, al oírle decir: Tus pecados te son perdonados. Porque nunca antes habían oído tal cosa, ¡y eran el Pueblo Escogido! ¡Sólo Dios puede perdonar los Pecados!, exclaman. Y lo clavan, lógicamente.

Eso sí: si falta alguna o algunas de esas cinco cosas, NO hay una «buena» Confesión. Puede que, incluso, ni siquiera haya Confesión, si se omiten por desprecio o por «excesiva ligereza», que es el desprecio «camuflado». Pero desprecio al fin.

Son éstas:

1.-Examen de Conciencia.

2.-Dolor o Contrición de los Pecados.

3.-Propósito de la enmienda: propósito sincero de NO volverlos a cometer, en lo que esté de nuestra parte.

4.-Decir los Pecados al Confesor: acusarse, con absoluta sinceridad, ante el Confesor.

5.-Cumplir obligatoriamente la Penitencia que se haya impuesto, como Reparación por los Pecados bien confesados.

*Lo primero, pues, es el Examen de Conciencia; que consiste en examinar con detenimiento la propia Conciencia, desde la última Confesión bien hecha, para descubrirnos a nosotros mismos todo lo que hemos de pasar por ella, para pedir perdón al Señor por nuestros pecados personales; que siempre son Ofensa voluntaria a Dios.

Es la Materia propia del Sacramento de la Penitencia: recordar, muy en primer lugar y con detenbimniento, los Pecados Mortales que hayamos podido cometer; luego, los Pecados Veniales que, aunque no sean materia «necesaria» para la Confesión, pues pueden ser perdonados de otras maneras, son materia «muy conveniente» para pasarlos por Ella.

Y es «muy conveniente» confesarlos, por 3 motivos principales. EL primero, para tener la seguridad de que nos son perdonados; ya que, con otras formas de lograrlo -penitencias, obras de misericordia, etc-, no nos consta que lo hayamos conseguirlo: con la Confesión, sí: tenemos la absoluta seguridad.

El segundo, porque cada Confesión bien hecha nos da las Gracias adecuadas y convenientes para luchar contra los pecados -mortales y/o veniales- y corregirlos; mientras que, sin esa Confesión, tendremos buena voluntad, seguro, pero no se alcanzará el fin deseado, pues nos quedaríamos solos y a solas en esta tarea, que es ardua en sí misma.

El tercero, porque esa Confesión frecuente y constante, que llega hasta el Pecado Venial, nos va metiendo, como casi sin «enterarnos», en una delicadeza de Conciencia que enamora al Señor Dios, y nos atrae múltiples Gracias, fruto de su Generosidad inmensa e incesante.

*Dolor/Contrición de los Pecados cometidos desde la última Confesión bien hecha. Actitud que sigue -ha de seguir «necesariamente»- al Examen previo, que hemos considerado anteriormente.

¿Por qué «necesariamente»? Por una razón de grandísimo peso: ¿de qué nos serviría el Examen de Conciencia si no es para, teniendo presentes nuestras ofensas, llegar a la Contrición, al Dolor de los Pecados?

Sin este Dolor, el «supuesto» examen no iría más allá de una chulería insultante: una auténtica burla blasfema. Y no estamos para eso… Sino para que, buscar la Confesión como se debe acceder a Ella, demostramos situarnos y estar en el lugar opuesto.

Lógica y realmente, este Dolor y/o esta Contrición, le pone al Señor en un «Gran Aprieto»: le «pillamos» con sus mismas Palabras: No he venido a salvar a los justos, sino a los pecadores. O sea, «a los que se reconocen como tales -pecadores- ante Él». Y sólo a éstos. Para alcanzar su Perdón y su Gracia no podemos llegarnos a Él de ninguna otra manera. Porque NO la hay.

Para confirmarnos en nuestra absoluta confianza en su Amor por todos y cada uno de nosotros, pecadores, el Señor nos revela en el Antiguo Testamento: Un corazón contrito y humillado Tú, oh Dios, no lo desprecias. Palabras,, que bien podemos recordarLLe con toda la frecuencia que queramos: son una oración excelente, y pone bálsamo en nuestro corazón, pues nos recuerda una de las verdades más esperanzadoras que Él mismo ha puesto a nuestro alcance, pues nos recuerda una de las verdades más esperanzadoras que Él mismo ha puesto a nuestro alcance.

Palabras, con las que, a mi entender, aún se compromete más que con las anteriores: No he venido a salvar a los justos sino a los pecadores. Escritas casi 900 años antes de su Primera Venida. ¡Que ya es asegurarnos y prometernos…; y comprometerse!

Este «Dolor» o «Contrición» es un pesar interior, tanto en la Conciencia como en el Corazón, en el que se plasma hondamente, frente al Pecado cometido y reconocido en el Examen de Conciencia, el habernos atrevido hecho: ¡Señor, pequé!

Sin salirnos de este ámbito interior, se le suma la Detestación del Corazón, porque se le reconoce como Ofensa a Dios, en muy primerísimo lugar. Porque lo es.

Para tener una imagen real de los mismos -de todos y cada uno de nuestros Pecados Mortales-, basta que observemos, con Piedad y Detenimiento, buscando la Realidad que ampara lo que vemos, un Crucifijo, Representación Universal de Cristo: la más extensa, materialmente, y también la más intensa, de entre las muchas que hay; y que han proliferado mucho más en los últimos 80 años.

Porque el Crucifijo, precisamente, nos abre los ojos del alma, mostrándonos al por menor y muy exactamente, lo que es en realidad el Pecado Mortal: hacerle repetir a Cristo toda su Pasión y Muerte. No hay equívoco alguno. Fuera del Crucifijo es muy difícil acercarse a esa Realidad Sagrada: porque es lo que directamente representa. No cabe equívoco alguno.

Sabiendo, además, que el Pecado Venial -porque hemos de «ver» todo el ámbito del Pecado en nuestra vida-, más pronto o más tarde lleva al Pecado Mortal. De ahí, nuevamente, la necesidad de poner muy lejos nuestras defensas para no caer; y de pasarlos por el Sacramento de la Penitencia, como la primera de todas ellas.

*Propósito de Enmienda. Fruto de este Dolor/Contrición, que hemos de explicitar al preparar cada Confesión -sin darlo por supuesto-, viene lógicamente la tercera Condición de una buena Confesión: el Propósito de la Enmienda.

¿Qué comprende este Propósito? El Compromiso Formal de no volver a cometerlos. Así: tajantemente, y por definición. Mojándonos, de Corazón y Voluntad, en un serio Propósito de poner la lucha que sea necesaria para no volver a pecar.

Pretender que uno se ha confesado «bien», y se le han perdonado sus Pecados sin este Compromiso Formal -interior, como mínimo, pero mucho mejor explicitado ante el Sagrario y/o el Crucificado, y ante el confesor, ni siquiera habrá verdadera Confesión. Igual que sin el Dolor de todos y cada uno de nuestros Pecados desde la última Confesión bien hecha.

Aclaro: no hay que confundir el Propósito de no volver a cometer los Pecados detectados y que vamos a confesar, con la «certeza» de conseguirlo: de hecho, esa certeza nos excede de suyo: nunca podemos tenerla, en cierto modo. Pero el Propósito hemos de tenerlo en ese mismo instante de la Confesión de nuestros Pecados.

Propósito o Compromiso que es totalmente nuestro. Propósito que, para que sea real y favorezca su firme consecución, debe ir acompañado de la implantación de los medios para logarlo.

De entrada, el primer medio es la misma Confesión: no lo hay mejor. Por ésto me acerco a Confesar en primer lugar: busco salir de esos Pecados…, para NO volver a ellos: es la demostración práctica y real de que estoy verdaderamente arrepentido.

Nos viene bien recordar, para fortalecernos en nuestro Compromiso, aquella advertencia tan visual como física, con la que nos advierte el Señor Jesús: Volvió la cerda lavada a revolcarse en el cieno. Por tanto: «Con tu Gracia, que sé que no me falta ni me va a falta: ¡Nunca más, Señor!».

En esta Confianza acuñaron los Santos: «¡Antes morir que pecar!». Ésto es exactamente el Propósito de la Enmienda. Que pasa, lógica y necesariamente, en el momento de la Confesión, por el Propósito, firme, de alejarme de las tentaciones, de cortar con las ocasiones de Pecado, muy especialmente del Pecado Grave, y buscar la Fortaleza de la Gracia con la Confesión Frecuente, como ha recomendado siempre la iglesia. Es decir: ir a por todas.

*Confesión o Acusación de los Pecados. Viene ahora la imprescindible y necesaria Acusación o Confesión de los Pecados cometidos desde la última Confesión bien hecha: los detectados en el diligente Examen de Conciencia. Es la Cuarta Condición que hemos de poner para Confesarnos BIEN, siendo, de este modo, Buenos Penitentes también.

Imprescindible, en condiciones «Normales». En caso de urgencia, por peligro inminente de muerte, por ejemplo, podría no ser necesario si no se dispone de confesor y se acude a un Acto de Perfecta Contrición que, si se consigue, de suyo borraría los pecados cometidos, incluso los Pecados Graves.

Habría que ver cuál es la urgencia sobrevenida, al margen de la voluntad del pecador o penitente; cosa que, en último término, pertenece a Dios. No es lo mismo «quiero comulgar ahora, pero NO hay confesor a mano», que se esté cayendo el avión, o haya habido un choque de trenes y haya malheridos, con riesgo de fenecer.

Los Pecados han de Confesarse con toda Humildad: ¡Padre, he pecado contra el Cielo y contra Tí…! Tal como nos lo explica el propio Jesucristo con la Parábola del Hijo Pródigo. De este modo se vuelve a la casa de Dios Padre, de la que nos vamos voluntariamente con el Pecado Mortal. Y de muy malas maneras, por decirlo todo; tanto en el caso de ese hijo, como en el nuestro: porque la situación es exactamente la misma, con el agravante de que, en nuestro caso es absolutamente real. El «hijo pródigo no pasa de ser una Parábola.

Palabras, con las que, a mi entender, aún se compromete más que con las anteriores: No he venido a salvar a los justos sino a los pecadores. Escritas casi 900 años antes de su Primera Venida. ¡Que ya es asegurarnos y prometernos…; y comprometerse!

Este «Dolor» o «Contrición» es un pesar interior, tanto en la Conciencia como en el Corazón, en el que se plasma hondamente, frente al Pecado cometido y reconocido en el Examen de Conciencia, el habernos atrevido hecho: ¡Señor, pequé!

Sin salirnos de este ámbito interior, se le suma la Detestación del Corazón, porque se le reconoce como Ofensa a Dios, en muy primerísimo lugar. Porque lo es.

Para tener una imagen real de los mismos -de todos y cada uno de nuestros Pecados Mortales-, basta que observemos, con Piedad y Detenimiento, buscando la Realidad que ampara lo que vemos, un Crucifijo, Representación Universal de Cristo: la más extensa, materialmente, y también la más intensa, de entre las muchas que hay; y que han proliferado mucho más en los últimos 80 años.

Porque el Crucifijo, precisamente, nos abre los ojos del alma, mostrándonos al por menor y muy exactamente, lo que es en realidad el Pecado Mortal: hacerle repetir a Cristo toda su Pasión y Muerte. No hay equívoco alguno. Fuera del Crucifijo es muy difícil acercarse a esa Realidad Sagrada: porque es lo que directamente representa. No cabe equívoco alguno.

Sabiendo, además, que el Pecado Venial -porque hemos de «ver» todo el ámbito del Pecado en nuestra vida-, más pronto o más tarde lleva al Pecado Mortal. De ahí, nuevamente, la necesidad de poner muy lejos nuestras defensas para no caer; y de pasarlos por el Sacramento de la Penitencia, como la primera de todas ellas.

*Propósito de Enmienda. Fruto de este Dolor/Contrición, que hemos de explicitar al preparar cada Confesión -sin darlo por supuesto-, viene lógicamente la tercera Condición de una buena Confesión: el Propósito de la Enmienda.

¿Qué comprende este Propósito? El Compromiso Formal de no volver a cometerlos. Así: tajantemente, y por definición. Mojándonos, de Corazón y Voluntad, en un serio Propósito de poner la lucha que sea necesaria para no volver a pecar.

Pretender que uno se ha confesado «bien», y se le han perdonado sus Pecados sin este Compromiso Formal -interior, como mínimo, pero mucho mejor explicitado ante el Sagrario y/o el Crucificado, y ante el confesor, ni siquiera habrá verdadera Confesión. Igual que sin el Dolor de todos y cada uno de nuestros Pecados desde la última Confesión bien hecha.

Aclaro: no hay que confundir el Propósito de no volver a cometer los Pecados detectados y que vamos a confesar, con la «certeza» de conseguirlo: de hecho, esa certeza nos excede de suyo: nunca podemos tenerla, en cierto modo. Pero el Propósito hemos de tenerlo en ese mismo instante de la Confesión de nuestros Pecados.

Propósito o Compromiso que es totalmente nuestro. Propósito que, para que sea real y favorezca su firme consecución, debe ir acompañado de la implantación de los medios para logarlo.

De entrada, el primer medio es la misma Confesión: no lo hay mejor. Por ésto me acerco a Confesar en primer lugar: busco salir de esos Pecados…, para NO volver a ellos: es la demostración práctica y real de que estoy verdaderamente arrepentido.

Nos viene bien recordar, para fortalecernos en nuestro Compromiso, aquella advertencia tan visual como física, con la que nos advierte el Señor Jesús: Volvió la cerda lavada a revolcarse en el cieno. Por tanto: «Con tu Gracia, que sé que no me falta ni me va a falta: ¡Nunca más, Señor!».

En esta Confianza acuñaron los Santos: «¡Antes morir que pecar!». Ésto es exactamente el Propósito de la Enmienda. Que pasa, lógica y necesariamente, en el momento de la Confesión, por el Propósito, firme, de alejarme de las tentaciones, de cortar con las ocasiones de Pecado, muy especialmente del Pecado Grave, y buscar la Fortaleza de la Gracia con la Confesión Frecuente, como ha recomendado siempre la iglesia. Es decir: ir a por todas.

*Confesión o Acusación de los Pecados. Viene ahora la imprescindible y necesaria Acusación o Confesión de los Pecados cometidos desde la última Confesión bien hecha: los detectados en el diligente Examen de Conciencia. Es la Cuarta Condición que hemos de poner para Confesarnos BIEN, siendo, de este modo, Buenos Penitentes también.

Imprescindible, en condiciones «Normales». En caso de urgencia, por peligro inminente de muerte, por ejemplo, podría no ser necesario si no se dispone de confesor y se acude a un Acto de Perfecta Contrición que, si se consigue, de suyo borraría los pecados cometidos, incluso los Pecados Graves.

Habría que ver cuál es la urgencia sobrevenida, al margen de la voluntad del pecador o penitente; cosa que, en último término, pertenece a Dios. No es lo mismo «quiero comulgar ahora, pero NO hay confesor a mano», que se esté cayendo el avión, o haya habido un choque de trenes y haya malheridos, con riesgo de fenecer.

Los Pecados han de Confesarse con toda Humildad; es decir, con absoluta Sinceridad y Confianza en la Misericordia Divina: ¡Padre, he pecado contra el Cielo y contra Tí…! Que éste es el verdadero nicho en el que se desarrolla nuestra condición de «pecadores», tal como nos lo explica el propio Jesucristo con la Parábola del Hijo Pródigo.

De este modo vuelve uno a la Casa de Dios Padre, de la que nos vamos voluntariamente con el Pecado Mortal. Y de muy malas maneras, por decirlo todo; tanto en el caso de ese hijo, como en el nuestro: porque la situación es exactamente «casi» la misma; con el agravante de que, en nuestro caso, es absolutamente real. El «hijo pródigo» no pasa de ser una Parábola.

Los Pecados, en el momento de la Confesión o Acusación, hay que confesarlos de este modo: «los ciertos como ciertos, los dudosos como dudosos»; buscando también decir el número exacto y, si no puede determinarse, el número lo más aproximado posible. Para todo este capítulo, la Confesión Frecuente es el remedio de los remedios: no lo hay mejor.

También habrá que dar cuenta de las Circunstancias que pueden modificar la gravedad de los Pecados. No es lo mismo no haber ido a Misa un Domingo por estar con fiebre bastante altita, que por haberse ido de excursión. Como no es lo mismo usar preservativo en el Matrimonio que fuera de él. Para nada es lo mismo, y están en polos opuestos su moralidad: muy Grave en el primer caso; en el segundo no añada nada a la gravedad del Pecado cometido, al contrario: le quita peso.

Es decir: la Confesión ante el Confesor ha de ser Íntegra, Completa: se han de decir al Sacerdote en el Confesonario, necesariamente, TODOS y CADA UNO de los Pecados Mortales cometidos desde la última Confesión bien hecha. Porque, callarse uno sólo de ellos, a sabiendas -los motivos dan lo mismo: nunca los hay hasta el punto de que nos justifiquen ante el Señor-, se malogra la Confesión, pues no llega a haberla, y se comete, además, un Gran Sacrilegio: se sale con un Pecado Mortal más, y más grave, seguramente, que los que se tenían para confesar.

De este modo, se «mata» la Confesión de los Pecados; y aunque el Sacerdote nos haya dado la Absolución -a él no es difícil engañarle; otra cosa es a Dios: a Él es imposible-, no se consigue Absolución ninguna.

¿Por qué? Porque el Señor ve en lo escondido. Sabe perfectamente lo que hay en el corazón y en la conciencia de cada uno. Por eso, al callarse a sabiendas un Pecado Mortal, se comete un Sacrilegio: De Dios nadie se burla.

En definitiva: hemos de abrir el alma de para en par, como si estuviésemos en la Presencia de Dios: porque lo estamos, bien que por persona interpuesta: el Sacerdote en el Confesonario.

Una vez confesados los Pecados, el Confesor dará las orientaciones y las recomendaciones que considere oportunas. Ayudará a afianzar las Confianza en Dios, rico en Misericordia, único modo de fortalecerse en los buenos Propósitos del Penitente. Buscará Confirmarle en la Fe y en la Piedad, y le animará a alejarle de las Ocasiones de Pecar. Fortalecerá y sanará su Conciencia. Y no dejará de proponerle a que Confiese con frecuencia: el mejor de los Remedios a nuestro alcance para conseguir todo lo anterior y más. Porque: «Dios no se deja ganar en Generosidad».

*Cumplir la Penitencia. Finalmente, y para que pueda cumplir con la Confesión BIEN hecha, el Sacerdote impondrá una Penitencia: ni mucha que retraiga y espante por el peso; ni una ridiculez que minimice la gravedad del Pecado. Debe ser una Penitencia adecuada, proporcionada, que ilustre la Conciencia y Fortalezca el Corazón en la lucha, seria, contra el Pecado. Sólo entonces dará la Absolución final, con la que Perdonará todos los Pecados Confesados.

Ciertamente, hay casos particulares en los que convendrá dilatar la Absolución. O incluso negarla. Por poner un ejemplo: cuando el Sacerdote tiene la certeza, contrastada con el modo como se confiesa y habla el Penitente, con la frecuencia y reiteración de los pecados una vez y otra, o de que el que se acusa -más pretendidamente que con seriedad y compunción-, está usando la Confesión como refugio y excusa para seguir Pecando, debe dilatar o negar la Absolución.

Lo digo de intento, por si a algún Penitente se le presenta esta circunstancia: que le digan que venga la próxima semana, y seguirán hablando; pues conviene. Que no se extrañe ni se rebote: es práctica perfectamente a la mano, para bien de ellos y de los Sacerdotes.

Así está recogido en todos los «Manuales para el Confesor»: hace años los había, y eran una gran ayuda para el Sacerdote, especialmente para el Sacerdote novel. Hoy, y desde hace seguramente más de un siglo, están desaparecidos, como todo lo que funcionaba en su ámbito propio.

Ahora, desgraciadamente, es una cosa más que, en la Iglesia nos han «robado». A todos: Sacerdotes confesores y Penitentes. Y así nos va, también a todos. Pero forma parte del «discernimiento de espíritus y de conciencias» que debe poseer el Confesor.

Si alguno de estos se extraña, o directamente se escandaliza con lo que estoy escribiendo, tenemos esta indicación precisa y muy determinante del mismo Cristo, que ningún Sacerdote puede soslayar: A quienes les perdonéis los Pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

Es un encargo directo de Jesucristo, que los Confesores no podemos echar en saco roto: gravaríamos nuestra Conciencia, y cargaríamos con Pecados ajenos. El Sacerdote que da al Absolución al tuntún, grava su Conciencia si median Pecados Graves ni reconocidos, ni arrepentidos, ni con el menor propósito de enmienda. O sea: la Confesión se habría limitado a un mero trámite, ayuno de toda trascendencia sobrenatural.

Con los pecadores reincidentes hasta la extenuación del Confesor, pecadores habituales, fijos y constantes en lo mismo -por ejemplo: no ir a Misa los domingos y Fiestas de Guardar por sistema, semana tras semana-, hay que ser bastantes severos; en caso contrario, no se conseguirá erradicar esa dinámica, que no es sino la manifestación extrema de una Fe despreciada y rechazada en la práctica. Y, además, el peso de esa situación puede recaer muy pertinentemente en el Confesor, tanto o más que en el propio Penitente. También aquí, en el Confesonario, el «buenismo» es tan dañino como fuera de él.

Prontuario para hacer el Examen de Conciencia:

Hay muchas Guías para preparar con fruto el Examen de Conciencia necesario e indispensable, en condiciones normales, para preparar muy bien la Confesión Sacramental. Por mi parte, aporto ésta.

Para preparar la Confesion a partir de los quince años:

Me apoyo en una Oración de la Madre Teresa. A continuación de los posibles pecados, añado las Virtudes a las que se enfrentan y contra las que cargan. De este modo, sabemos por dónde debe ir la Enmienda y los Propósitos para la Confesión a la que nos preparamos. Y saber también cómo defenderlas y enriquecerlas en nuestra lucha por rechazar las Tentaciones y los Pecados.

«Dios mío, excelso Médico. Me pongo de rodillas en tu Presencia. Porque todo Don perfecto viene precisamente de Tí».

Invoca, ahora, al Espíritu Santo para hacer bien el Examen de Conciencia.

I. Los Tres Primeros Mandamientos de la Ley de Dios: Amarás a Dios sobre todas las cosas. No tomarás el Nombre de Dios en vano. Santificarás las fiestas.

Negar, o dudar voluntariamente, de la Revelación de Dios a nosotros, sus hijos; donde se contienen las Verdades de Fe cuya posesión y práctica nos Salva objetivamente / Fe. Confianza en Dios.

Hacer con desgana las cosas que se refieren a Dios, o incluso rechazarlas: no rezar, no confesar, no comulgar, no asistir a la Santa Misa / Piedad. Fe. Esperanza. Amor a Dios. Virtud de la Religión.

Callar en la Confesión algún Pecado Mortal, a sabiendas / Humildad. Sinceridad. Confianza en Dios.

Blasfemar, jurar sin necesidad o sin verdad, practicar la superstición, el espiritismo o la güija / Fe. Piedad. Confianza en Dios. Virtud de la Religión.

Faltar a Misa los Domingos y Festivos. No Confesar ni Comulgar al menos una vez al Año. Cumplir los días de Ayuno y Abstinencia / Piedad. Fe. Virtud de la Religión. Amor a Dios.

Ponerse innecesariamente en Ocasión Próxima de Pecado Grave, máxime si tenemos la experiencia de que ya hemos consentido en otras ocasiones / Prudencia. Fortaleza. Templanza. Amor de Dios.

NOTA: Hay que señalar que cualquier Pecado, vaya contra el Mandamiento que vaya, es también SIEMPRE un Pecado contra el Primer Mandamiento, que nos pide «AMAR a DIOS sobre todas las cosas». Por tanto, cualquier Pecado, a excepción de los propios que van directamente contra este Primero, es siempre un DOBLE Pecado.

II. El Amor al Prójimo: Los Siete Mandamientos de la Ley de Dios, del 4º al 10º: Honrarás a tu padre y a tu madre. No matarás. No cometerás actos impuros. No hurtarás. No dirás falso testimonio ni mentirás. No consentirás pensamientos ni deseos impuros. No codiciarás los bienes ajenos.

Faltar al respeto -a la atención, material y afectiva, y a la amabilidad y al cariño con mis familiares: esposos entre sí, hijos con los padres y padres con sus hijos, hermanos entre sí. Faltar a la Comprensión y a la Paciencia cuando son necesarias / Virtudes propias de la Convivencia. Cariño, Amor y Dedicación en la familia.

En los padres católicos: faltar a la Formación y Educación de los hijos en la Piedad y en la Fe; no darles el ejemplo conveniente; no llevarles a la Santa Misa cuando no son autónomos, ni acercarlos a Confesar, ni preocuparse por que vayan a las Catequesis adecuadas a su edad / Educar en la Fe a sus hijos; ayudarse entre los esposos a vivir su Fe Católica. Colaborar con Dios y con la Iglesia en su Vocación y en su Misión de ser «los primeros educadores en la Fe de sus hijos».

Discutir y/o faltarse al respeto los esposos delante los hijos; quitarse la autoridad, uno a otro, frente a ellos. Para los cónyuges: no desear tener los hijos que Dios quiera, y poner medios para que no vengan / Vocación y Misión de los Esposos ante Cristo y su Iglesia. Virtudes propias de la vida familiar y conyugal. Ejemplaridad. Caridad. Generosidad. Amor Conyugal.

Faltar al tiempo -por trabajo excesivo, por no estar pendiente, por querer seguir teniendo «vida propia» estando casado y siendo padre/madre, por cansancio que hago notar-, que la atención a la propia familia requiere / Fortaleza. Caridad. Ejemplaridad. Generosidad.

No respetar la vida humana, desde su concepción hasta su muerte. Abortar o aconsejar el aborto; practicarlo. Destruir embriones. Practicar/aconsejar/buscar la eutanasia, propia o ajena. Dañar corporal o espiritualmente a uno mismo o a cualquier otra persona. Inducir a pecar: escandalizar. Inducir a separarse de Dios o de la Religión. Hablar MAL de la Iglesia y de sus Miembros, especialmente de su Jerarquía. Insultar/poner distancia/Fomentar animosidad o sentimientos de odio o de malquerer / Caridad. Amar y respetar la vida, que «es sagrada«; y a las personas, que son «imagen y semejanza de Dios»; y, si están bautizados son, además, «hijos de Dios».

No desear el bien de los demás, o desearles directamente un mal, o alegrase del mal ajeno. Albergar juicios críticos injustos, odios o animadversiones. Ser violento dentro de la propia familia, o con los conocidos y compañeros- Abusar del cargo o posición frente a los que están bajo mi jurisdicción. Promover, desde el propio cargo enchufismos, privilegios injustos, sobornos o cohechos. Dictar o tomar, a sabiendas, sentencias o decisiones injustas. Hacer acepción de personas, dejándose llevar de simpatías o antipatías / Amor al prójimo, en todos sus aspectos.

Faltar al cuidado de la propia salud, descuidar el descanso necesario, beber/comer en exceso o irregularmente, usar drogas o proporcionarlas. Arriesgar la vida injustificadamente y/o la de los demás (por el modo de conducir, por/en las diversiones, deportes de riesgo elevado, negarse a ir al médico cuando es necesario, etc.) / Caridad con uno mismo y con los demás. Prudencia. Cuidado de sí y de los demás, necesario.

Faltar a la Santa Pureza, buscando las ocasiones y las personas que me lo facilitan; cometiendo actos impuros de obra, del modo que sea: con uno mismo, con otras personas, con cosas diversas; bien sea viendo -por ejemplo: pornografía-; deseando hacerlos; recordándolos con gusto y agrado los pecados pasados. Incitar/enseñar a otros a hacer lo mismo. Ponerme, sin necesidad, en ocasión de pecar, acudiendo a espectáculos que lo facilitan o, como mínimo, poniéndome en peligro de pecar; saliendo ya con esa intención, etc. / Santa Pureza. Templanza. Prudencia. Fortaleza.

Para los casados: faltar a la fidelidad conyugal, base del verdadero amor al cónyuge, y una de las bases absolutamente necesarias del Matrimonio y de la vida familiar. No amar al propio cónyuge y a los hijos por encima de cualquier otras personas. Cegar las fuentes de la vida: el amor conyugal ha de estar siempre abierto a la vida, sin paliativos, que son meros autoengaños; por ejemplo, el uso indiscriminado de los periodos no-fértiles de la mujer, para eludir la misión, sagrada, de darle hijos a Dios / Pureza. Fidelidad. Amor. Respeto. Defensa y Respeto del amor conyugal.

Robar o retener cosas ajenas. Caso de haberlo hecho: hay obligación estricta de devolver esas cosas, además de confesarse, para que se nos perdona tal tipo de pecados. Dañar al prójimo en sus bienes: además de confesar, hay l misma obligación de restituir o reparar que en el caso anterior / Respeto a las cosas ajenas y a las demás personas. Justicia: obligación de reparar. Templanza.

No cumplir adecuadamente los deberes profesionales, por pereza, precipitación, falta de interés o responsabilidad. No pagar justamente a los empleados. No procurar condiciones dignas en el trabajo. Cobrar más de lo justo por el trabajo realizado. Engañar en los productos vendidos, o en los trabajos realizados, o en los materiales empleados. Faltar al trabajo sin causa justificada / Diligencia. Laboriosidad. Honradez profesional. Sinceridad y Coherencia.

Acabamos con una Oración de la Santa Madre Teresa, que es una petición, no sólo pertinente sino totalmente necesaria, para poder ser como el Señor Dios quiere que seamos:

«Os lo ruego: dad a mis manos la capacidad. A mi razón la agudeza de juicio. Y a mi corazón la dulzura y la compasión». Amén.

Añadimos algunas preguntas, para intentar hacer un poco más completo este Examen de Conciencia. Se acentúan las virtudes a las que se oponen los pecados señalados. Es fácil adscribirlos a alguno de los Mandamientos de la Ley de Dios. Estas preguntas, en general, dicen más referencia a los jóvenes. Pero tampoco es difícil ampliarlas a las situaciones de los adultos.

Denigrar o criticar los actos o los esfuerzos de los demás para justificar mi propia inacción / Caridad.

Falta de dominio de sí / Fortaleza.

No curar las propias heridas o debilidades de mis sentidos / Sobriedad. Ligereza.

Ceder frente al esfuerzo / Perseverancia. Fortaleza de ánimo.

Coger el autobús -o situaciones parecidas-, cuando podría ir andando / Autoestima.

Hacer malamente mis trabajos o deberes, o no rendir al máximo, o no lo veo de cara a mi futuro / Responsabilidad. Fortaleza. Laboriosidad.

Perder el tiempo ante la TV, la tablet, la consola o el móvil / Prudencia. Desapego.

Dejarme llevar por malos gestos o malas maneras / Educación. Pureza.

Enfadarme / Dulzura. Educación.

Descuidar mi presentación, vestimenta o limpieza corporal: todo dentro de los márgenes normales / Sociabilidad. Estima de uno mismo.

Por contra: preocuparse en exceso del cuidado corporal, y/o de la ropa, hasta perder incluso el tiempo, o centrarse demasiado en uno mismo / Sencillez. Unidad de vida. Orden.

Erigir mi cuerpo en «objeto de culto»; darme en exceso al deporte o al ocio / Orden. Templanza.

Ponerme en peligro, sin necesidad / Prudencia. Sobriedad. Amor propio bueno.

Estar demasiado apegado a los objetos vistosos, de marque, que destaquen /Desapego. Pobreza de espíritu.

No soportar la menor reconvención / Humildad.

Burlarse de todo y/o de todos / Respeto a los demás.

Tomar como norma contradecir/llevar la contraria a los demás, especialmente a los padres, autoridades, o adultos /Respeto. Obediencia. Educación.

Huir de todo sacrificio, despreciando imponerse alguno de vez en cuando / Fe. Audacia. Generosidad.

Falta de voluntad en alguna ocasión precisa / Fuerza de voluntad.

Enfadarse por nada o en claro exceso / Templanza,-Paciencia. Dulzura.

Juzgar a los padres sin misericordia, rechazar su tutela, burlarse, o ser desconsiderados con ellos, rechazar sus consejos, advertencias o admoniciones / Respeto. Caridad. Humildad. Lejanía.

No fiarse más que de la propia experiencia / Humildad.

Obrar siendo consciente de que tales obras son malas / Prudencia. Sinceridad. Amor propio-

Falta de sentido crítico, falta de juicio / Fortaleza. Prudencia.

No tener o rechazar el sentido de la Obediencia / Obediencia-

Faltar al sentido crçitio, vegetar en lo políticamente correcto frente a lo que piensan o afirman los demás, sin formarme mi propia opinión / Confianza en sí mismo. COmprensión.

Ver todo tipo de películas/espectáculos creyéndome invulnerable, tenga la edad, la cultura o la formación que tenga; o sin discernir / Prudencia. Pureza. Autenticidad.

Ser perezoso para levantarme, para hacer mis deberes o cumplir mis encargos, para colocar las cosas en su sitio / Fuerza de voluntad. Orden. Pereza.Diligencia.

Ser orgulloso, querer ser admirado, destacar sobre los demás / Humildad.

Ser indiscreto o cotilla, buscando saber lo que no me corresponde, o rebuscando en los asuntos de los demás, incluidos los de mis familiares más próximos / Respeto. Lealad.

Traicionar/revelar un secreto, no mantener mis promesas o compromisos / Lealtad.

Decir tacos/palabras gruesas /Educación. Respeto.

Comer demasiado por glotonería o exquisitez / Sobriedad. Templanza.

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