Pasamos al capítulo de la Oración Vocal. Es decir: al conjunto de Prácticas de Piedad que el Pueblo Fiel, de la mano de la Santa Madre Iglesia, ha ido atesorando a lo largo de los Siglos. Todo ello ha contribuido a fecundar, sostener y acrecentar la Fe de los hijos de Dios.
Una, la más excelsa de todas, la hemos oído y aprendido de labios del mismo Jesucristo: el Padre Nuestro. Otra, de nuestra Madre la Santísima Virgen María: el Magnificat, por ejemplo. Otra tiene el timbre de los Ángeles: el Ave María; al que la Iglesia añadió muy pronto el Santa María…, configurándola así definitivamente. Otras han venido de la mano de tantos Santos como han poblado la Iglesia Santa: el Adoro te devote, de Santo Tomás de Aquino; y tantos Cantos Eucarísticos -para la Exposición con el Santísimo Sacramento-; o loas a la Virgen María: la Salve, el Santo Rosario, el Bendita sea tu Pureza, etc.
Responden a todos los Sentimientos que debemos fomentar de cara al Señor Jesús, a su Madre Santísima, a la Trinidad Beatísima, al los deseos de Cielo, al horror al pecado y a las penas del Infierno, a nuestros deseos de Intimidad con Él, para Imitarle en nuestro personal Camino de Santidad… Por ejemplo: el Señor mío Jesucristo, como Acto de Contrición; el Credo; el Vía Crucis; los Oraciones para antes y después de Comulgar; y un larguísimo etc.


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