Matrimonio y Familia.

«No te acercarás a la mujer en la menstruación…» (Lev 18, 19).

«…ni tendrás nada que ver con ella». Así culmina el Señor Dios su Mandato, recogido en el Levítico: Palabra de Dios en su totalidad.

Por cierto: Norma que estuvo vigente en la Santa Madre Iglesia durante más de 2000 años. Que por algo será, y su miga tendrá. Digo yo…

¡Como para pretender que es un mero añadido cultual, o de mera Purificación externa, sin la menor carga moral! Algo así como usar agua bendita al entrar en una iglesia. Bueno, eso antes; que ahora hasta esto nos han robado ¡en la Iglesia, nuestra Casa, por Casa de Dios!

Y me da que no van por ahí los tiros. Mucho menos la pretensión de que, ahora, con lo de los «periodos naturales y/o infértiles de la mujer» descubiertos por la ciencia -¡si ésto es más viejo que la tana! ¿O es que ya por el Levítico se desconocía? Por ésto, de parte de Yahwe, se mandó lo que está escrito-, por fin se han abierto los ojos de los cónyuges ¿católicos?, y ya pueden apuntarse a toda coyunda infértil con tranquilidad de conciencia.

«Sedada» o como mínimo «chutada». Pero siempre: manipulada por los manipuladores, y consentida por los cómplices.

Porque, con rapidísima y absoluta desfachatez, se ha pasado -¡en legítima conciencia!, toma ya-, de las «graves razones» -sin especificar prácticamente ninguna: con la liberalidad instalada tras el Concilio y sus inconfundibles «soplos»-, a «ancha es Castilla»: todo son «graves razones», y las tienen «todos» los cónyuges, ¿aún católicos, o asi? Está fuera de toda lógica moral e intelectual. Y de la lógica Católica, en primer tanteo.

Por descontado: la inmensísima mayoría de Jerarcas, por no decir todos, bendiciendo a cuatro manos. Amén.

Ya sé que estás palabras van a escandalizar y/o enrabietar a muchísimos. ¡Qué le vamos a hacer! También escandalizó san Juan Pablo II, cuando aplicó y extendió las Palabras del Evangelio, que condenan al hombre que mira con ansia a una mujer, si sucede «con la propia mujer».

Tambien escandalizó Jesucristo. Y se quedó tan a gusto. Pero, además, les llamó «¡Hipócritas!». Y aún se quedó más ancho todavía…

¡Anda que no se armó con lo de san Juan Pablo II! Pero enseguida «se desarmó», sin más que no hacerle ni caso. Como en tantísimas otras cosas. Eso sí: todos tan católicos y tan Jerarcas, porque NO se pretende serlo de verdad; como mucho, aparentarlo y «presumir». Pero este es el autoengaño más pernicioso: ahí están tantos «católicos a lo Biden», como los he nominado tantas veces.

Para salir al paso de esta desgarradora Descristianización viene a cuento esta cita del Antiguo Testamento. Inequívoca, por demás. Para que los Católicos nos enteremos de una vez por todas que la Vida en Cristo, la Vocación Cristiana y, dentro de Ella, la Vocación Matrimonial -de cónyuges y de padres-, se ha de vivir con esa HEROICIDAD y esa PLENITUD que, en Católico y en Castellano, se llama SANTIDAD.

Y el que no esté dispuesto, que se dedique a otra cosa: pero que no pretenda cambiar las cosas «desde dentro», que es desde donde se hace verdadero daño. Y el daño, aquí y ahora y en la Iglesia Católica, se llama DESCRISTIANIZACIÓN. Que significa que innumerables almas se pierden, llevadas a la muerte eterna por su propios ¿pastores? Que también tienen nombre: MERCENARIOS. Puesto por el Señor.

El Matrimonio NO es un invento humano: es un invento Divino. Dios mismo, después de haberlos creado -a Adán y a Eva-, a su Imagen y Semejanza -nunca podemos perder de vista este dato: es nuestro Origen mas excelso: las manos de Dios-, los pone en el Paraíso y hace las presentaciones.

Los dos se quedan embobados -pasmadicos- uno del otro. Lógico. Y Dios, que es testigo del «flechazo», les dice: «¡Creced y multiplicaos!».

Les debió quedar muy claro para qué los creó, para qué las presentaciones, y para qué los casó. Nunca tuvieron la menor duda al respecto, ni antes ni después del pecado original.

Porque, en ésto, cumplieron. Contra viento y marea: con la carga que les supuso después de la Caída Original su Expulsión del Paraíso, con el deterioro tan radical -hasta en lo físico, que les supuso la pérdida de los Dones Sobrenaturales, Naturales y Preternatural -que influyó en su vida conyugal-, cumplieron.

Este origen del Matrimonio, nunca se le desdibujó a la Iglesia Católica. Nunca. Sólo después del Concilio, que todo lo desdibujó, en el mejor de los casos, y lo tergiversó en el peor de ellos, vinieron las dudas, las vacilaciones, la «autonomía» y la «libertad» de la vida conyugal, en concreto, y de la vida Matrimonial y Familiar en un sentido más amplio: hasta el horizonte educador de la Familia está desestructurado.

San Pablo, llamará al Matrimonio «Sacramentum magnum!»: Sacramento Grande, ante Dios y su Iglesia. Porque lo es. Dios pone en el corazón y en las manos de los Cónyuges el modo como Dios ha dispuesto «hacerse» y «tener» hijos. «Sus hijos», en primer lugar.

Por eso, el horizonte Catolico, a la hora de Educar en el seno familiar -y, por ende, en el seno educativo a todos los niveles, en Católico-, es: «criar hijos para Dios». Este es el sentido de la Paternidad Católica. Y de la Educación Católica.

Ahondando en su proclama, San Pablo no dudará en poner por delante a los casados -o a los que quieran casarse en Católico-, el mismo Amor de Cristo por su Iglesia: la que ha salido de su Costado Traspasado: abierto antes por su Amor Incondicional, antes que por la lanza.

Iglesia a la que se entrega totalmente, cada día y en cada Altar, en una Donación Total: amándonos hasta el extremo. Ofreciéndose en Sacrificio de Holocausto.

Volvemos a los «métodos naturales» y su «legitimidad» por lo católico, se es que la tiene.

En todos los Documentos papales que abordan el tema, cuando se habla de la «legitimidad» de esos métodos, tan calculados y tan calculadores por parte de quienes los usan -¡hay que amarrar! Y bien que amarran-, siempre se subraya que: «únicamente son moralmente aceptables ‘por motivos graves’, asumidos ‘en conciencia’; es decir: en deliberación recta y justa con la Voluntad de Dios.

Precisamente porque esa Voluntad -«No se haga mi voluntad sino la Tuya»: así reza Jesucristo en el Huerto de los Olivos, antes de Padece y Morir-, ha de ser la Regla de Vida de todos sus hijos en todas sus circunstancias. Se llama, lo vuelvo a señalar: SANTIDAD. Si perdemos esto de vista, y lo echamos del corazón, estamos perdidos.

Esos mismos Documentos magisteriales a su nivel -NO son ex cathedra; luego, no pasan de ser documentos «humanos», por muy altos que estén en la Jerarquia-, tampoco se olvidan de subrayar que: «el verdadero amos conyugal NO puede separar el factor «unitivo» -«Seréis dos en una sola carne»-, del factor «procreador» -«Creced y multiplicaos»-: forman una Unidad, inseparable «a radice».

Hasta el punto de que, en el Matrimonio, separar VOLUNTARIAMENTE lo inseparable es, siempre, Pecado Mortal. La «técnica», aquí, es secundaria. Lógicamente, las hay peores y mejores. Pero son, siempre, pecado mortal.

Aquí está el DESCALABRO mayúsculo que ha hecho trizas -ha pulverizado- el Matrimonio Católico: acaece el CV II -con su postconcilio y su «soplo del espíritu» tan falso como todo mito-, y se lía. Y bien gorda.

Los Jerarcas se lanzan a bendecir, precisamente, «separar lo inseparable» en la vida conyugal. Es decir: bendecir lo que NO se puede bendecir, porque es pecado: lo han establecido ellos mismos. ¡Como no se pueden bendecir los tríos, las parejitas homosex, los postulados LGTBI, comulgar en Pecado Mortal, o cerrar las parroquias…!

Se olvidan -y se arrogan lo que NO tienen derecho- que, en la Iglesia Católica NO hay Autoridad legítima -NO está legitimada bajo ningún concepto- que pueda hacer lo que NO se puede hacer, porque es, simplemente, INMORAL.No pueden pretender ni «la cuadratura del círculo», ni que se comulgue «con ruedas de molino», ni que haya mujeres «obispas».

«Lo que no se puede, no se puede, y además es imposible». Se pongan como se pongan los que se encocorotan.

Lo de: «Lo que atares en la tierra quedará atado en el Cielo», no da para tanto: tiene sus límites: «Lo que Dios ha unido que NO lo separe el hombre». Por poner un poner.

Al ponerse, voluntaria y concienzudamente al nivel del mundo, los Jerarcas han pasado por encima de la regla que nos da el Apóstol Santiago: «¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad de Dios? El que quiere ser amigo del mundo se hace enemigo de Dios» (4, 4}.

Para rematar: dice el Señor, también en el Antiguo Testamento: «La herencia del Señor son los hijos». O sea: sin hijos, NO hay herencia de Dios que valga.

Claro que, para muchos «sabios y entendidos», el único que se equivoca siempre es Él. Porque, para autoengañarnos, siempre nos quedará «la ciencia», y los mercenarios que se han vendido al Enemigo, vendiendo su alma y, ya de paso, la de los demás que se dejen embaucar

Son «los falsos predicadores de la familia» los que han traído todo esto: los que han predicado la relajación de costumbres, animando a toda inmoralidad; los que han corrompido las conciencias de propios y extraños; los que han enseñado como «católico» lo pagano; y la Verdad de Dios como «su engaño más perverso».

Pero, ¡por fin!, «se nos han abierto los ojos»: ya «somos como dioses», conocedores del bien y del mal». Y, ¿para qué nos ha servido?

Que cada uno haga Examen de Conciencia, a fondo, si quiere… Y se salve. Gracia de Dios tiene a su disposición.

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